Belgrano, a corazón abierto: el revolucionario

Pasadas las invasiones inglesas, el tiempo que no dedicaba a la comidilla política, lo repartía entre su labor en el Consulado y las tertulias donde no pocas niñas de la alta sociedad porteña suspiraban por resultar favorecidas con su elección. 

Cuando llegó la noticia de que Napoleón Bonaparte había arrebatado el trono de España a los Borbones, el grupo que solía frecuentar, del que participaban los hermanos Rodríguez Peña, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli, Juan José Paso, entre otros, comenzó a explorar probables cursos de acción para aprovechar el mal momento de la Corona española. Con ese fin impulsaron la postulación de Carlota Joaquina –la hermana de Fernando VII y esposa del rey de Portugal que se hallaba en Río Janeiro– como regente de un nuevo formato institucional en América del Sur. 


  • Belgrano, a corazón abierto: los primeros años

La audaz operación no prosperó, pero el grupo siguió pendiente de lo que ocurría en Europa, presto a salir a la palestra si las circunstancias se tornaban propicias. Esto finalmente ocurrió en mayo de 1810, cuando llegó la noticia de que la Junta Central de Sevilla, último reducto del poder borbónico, había caído. Plantearon entonces el reemplazo del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros por un gobierno local porque, según decían, ya no representaba a nadie. 

Manuel Belgrano tuvo alto perfil por esos días; él y los nombrados más arriba fueron los activos protagonistas de lo que en los manuales se conoce como Semana de Mayo. Lograron a ese fin sumar a Cornelio Saavedra, el influyente comandante del Regimiento de Patricios, quien dio sustento militar a la iniciativa política que culminó exitosamente el 25 de mayo de aquel año.

Fue así que pasó a ser vocal de aquella junta que desplazó a Cisneros. Lo asentó de puño y letra en su “Autobiografía” con estas palabras: “Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y todo me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, a la faz del universo que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular, por más que me interesase: el bien público estaba a todos instantes a mi vista”.

Las cosas se presentaban harto difíciles para esa junta elegida por el Cabildo de Buenos Aires. El primer y gran desafío era extender la revolución al resto del extenso virreinato y, lo más difícil, lograr el acatamiento del vasto interior a un gobierno porteño; por las buenas, donde fuera posible, o por las malas donde no. 

Hubo más de lo segundo que de lo primero, y aún sin ser declarada oficialmente, se desató una guerra entre los partidarios del nuevo orden y quienes no lo admitían como tal y preferían seguir fieles a los Borbones caídos en desgracias.

Muy pronto, ese cometido lo alejaría de la metrópoli rumbo al Paraguay, primero, y al Alto Perú, después. 

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