Belgrano, a corazón abierto: de Londres a Tucumán

En 1814, tras el encuentro entre Belgrano y San Martín, el ejército patriota —o lo que quedaba de él— se replegó a San Miguel de Tucumán, donde el nuevo comandante montó el cuartel de La Ciudadela para reorganizarlo y entrenar a oficialidad y tropas. Fue allí, durante un ejercicio de voces de mando, donde se produjo el incidente que le costó una sanción a Manuel Dorrego por burlarse de la voz afinada de Belgrano.

Ese año compartió una corta temporada con San Martín, reclamado desde Buenos Aires para ser juzgado, esta vez por su desempeño durante la fallida segunda campaña al Alto Perú. De regreso, sometido a la causa, comenzó a redactar una Autobiografía en una quinta de San Isidro.


  • El guerrero

  • El revolucionario

  • Los primeros años

 

Sin embargo, en medio del trámite, el gobierno le encomendó una nueva misión, esta vez diplomática. Debía trasladarse a Europa junto con Bernardino Rivadavia para tratar de buscar una salida honorable a la crisis desatada tras la derrota de Napoleón Bonaparte y el retorno de Fernando VII al trono de España. Los dos emisarios de las Provincias Unidas partieron a Londres, donde se reunieron con Manuel de Sarratea quien operaba en la misma dirección, asistido por un conde que había conchabado con ese fin. 

Durante 1815 se abocó a esas gestiones sin mayores resultados, por lo que a fin de año decidió regresar, quedando las mismas a cargo de Rivadavia y Sarratea. En América, las cosas empeoraban: las revoluciones en Chile, México y Colombia estaban en franca remisión y lo único que se sostenía en pie eran las Provincias Unidas, habiéndose ya resignado el control del Alto Perú.

En ese contexto se convocó al Congreso de Tucumán, que debía adoptar resoluciones radicales acordes a la gravedad del momento. En 1816, los congresales lo invitaron a exponer acerca del escenario europeo y recabar su opinión con relación a la agenda en tratamiento. Les dijo que “en Europa, así como antes era necesario republicanizarlo todo, ahora la tendencia era monarquizarlo todo”, inclinándose por instalar aquí “una monarquía atemperada”, y, sorprendiendo a todos, agregó: “llamando la dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta Casa tan inicuamente despojada del trono”.

La propuesta —que contó con la inmediata aprobación de San Martín— apuntaba a desbaratar la idea mayoritaria de seguir buscando un noble europeo para coronarlo en estas provincias, intento que persistió en los años siguientes.

El Congreso declaró la independencia y designó Director Supremo a Juan Martín de Pueyrredón, quien lo puso nuevamente a cargo del Ejército del Norte, estacionado en Tucumán mientras Martín Miguel de Güemes y sus gauchos asumían la defensa del territorio asediado por los realistas desde el Alto Perú.

En los años que siguieron estuvo en medio de dos frentes: la verdadera guerra que se libraba en el Norte y el conflicto interior que envolvía a las Provincias Unidas.

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